El próximo viernes 13 de febrero, la delegación diplomática más importante de Estados Unidos en la región sufrirá un cambio de mando. John McNamara, quien se desempeñaba como Encargado de Negocios en Bogotá, se jubilará tras una distinguida carrera, dejando atrás el desafío de haber mantenido los hilos del diálogo cuando la relación bilateral estuvo a punto de romperse.
McNamara no tuvo una tarea fácil. Su gestión coincidió con el pico de tensión entre el presidente Gustavo Petro y su homólogo Donald Trump. Mientras los mandatarios se enfrentaban públicamente por la política de drogas, el narcotráfico y la migración, McNamara utilizó sus más de 20 años de experiencia para sentarse con el gobierno colombiano y evitar que la ruptura fuera total.
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La salida de McNamara deja a la embajada en una situación de «suspenso». A partir del 13 de febrero, el ministro consejero Jarahn Hillsman asumirá la dirección de la delegación de manera provisional. El Senado de EE. UU. tumbó recientemente la designación de Newlin como embajador permanente, debido a demoras y problemas con la documentación.
Ahora, la pelota está en la cancha de la Casa Blanca. El presidente Trump deberá proponer un nuevo nombre que sea capaz de navegar las complejas aguas de la política colombiana. Hasta que eso ocurra, Hillsman tendrá la difícil tarea de representar los intereses estadounidenses en un país que sigue siendo su socio estratégico, pero con el que hoy tiene más desacuerdos que nunca.


