Se puede tener el mejor equipo del mundo. Los mejores profesionales, los mejores recursos, las mejores ideas. Y aun así, fracasar. Porque el problema casi nunca es el talento: es el proceso, cómo se organizan las decisiones, cómo fluye la información y cómo se trabaja en equipo.
En el fútbol pasa todo el tiempo. Equipos llenos de estrellas, con nóminas millonarias, técnicos reconocidos y estadios llenos, que no ganan nada. ¿Por qué? Porque no funcionan como equipo. Cada uno juega por su lado, no hay orden, no hay sistema, no hay confianza. Y entonces el proyecto se desgasta, se enreda y termina cayéndose. No por falta de capacidad, sino por exceso de improvisación.
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Un buen proceso es claridad. Es saber quién lidera, quién ejecuta, quién apoya y quién responde. Es entender que no todos hacemos lo mismo, pero todos somos necesarios. El verdadero éxito aparece cuando cada persona tiene claro su rol, su responsabilidad y su “pedacito” del trabajo. Cuando nadie compite con su propio equipo y todos empujan para el mismo lado.
Ahí es donde el talento suma, las ideas fluyen y llegan los resultados. Sin egos, sin ruido, con cada uno concentrado en su rol.
Por eso decimos que el éxito no es suerte. Es consecuencia de respetar el proceso, cumplir los acuerdos, confiar en el equipo y repetirlo con disciplina todos los días. Al final, no gana el que más brilla. Gana el que mejor funciona. Aplica para todo en la vida.
Hablé de fútbol. Pero esto aplica para todo en la vida: para el trabajo, para los proyectos, para las relaciones y para cualquier sueño que valga la pena construir.
Por: Juan José Aux Trujillo


