“Vi la cara de mis miedos hoy / Soy consciente de los riesgos, pero voy”. La estrofa de la banda de rock argentina Los Pérez García se ha convertido, de forma casi poética, en la banda sonora y la hoja de ruta de la Selección Argentina en esta Copa del Mundo. En un torneo que está lejos de ser un camino de rosas, la Scaloneta avanza coqueteando con el abismo, pero sin negociar una pizca de la intensidad que la caracteriza, manteniendo intacto el sueño del bicampeonato y de bordar la cuarta estrella en su escudo.
Frente a Egipto, el equipo albiceleste se tambaleó. Estuvo mareado, a centímetros de tocar la lona con un 0-2 en contra que parecía definitivo. Sin embargo, en una reacción que apeló al orgullo y a la memoria colectiva, los jugadores recordaron una vieja premisa que el fútbol moderno a veces olvida: los partidos duran 90 minutos.
El regreso de Paredes y el dilema del doble 9
La resiliencia argentina se apoyó en su capacidad camaleónica para mutar la pizarra sobre la marcha. La gran lectura de Lionel Scaloni pasó por reordenar la columna vertebral. El ingreso de Leandro Paredes como eje natural liberó de responsabilidades posicionales a Alexis Mac Allister y a Enzo Fernández. De la prisa vertiginosa, Argentina pasó al pase quirúrgico y a la gestación inteligente.
“Distribuye bien la pelota. Con él en la cancha, el equipo gira de otra manera. Cuando la pelota pasa por él, el equipo se encuentra cómodo. Para mí, es de los mejores mediocentros del mundo”, reconoció el propio DT al elogiar a Paredes.
En el frente de ataque, el ingreso de Lautaro Martínez funcionó como un imán para fijar a la defensa egipcia. Esto le dio absoluta libertad a Julián Álvarez para flotar como un «falso 9», asfixiando la salida de los laterales y picando en diagonales indescifrables. Ante los aplausos por su lectura táctica, Scaloni prefirió desmitificar el rol del entrenador en la rueda de prensa: “No hay que ser Einstein para hacer eso… Vas perdiendo 2-0 y metes delanteros. Los que juegan y saben jugar bien son ellos”.
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El empirismo de Panzeri y un Messi de 39 años que desafía al tiempo
La remontada albiceleste evoca directamente la vieja máxima del periodista Dante Panzeri en su célebre libro de 1967: «El fútbol es dinámica de lo impensado… es empirismo». Cuando la inercia positiva se apodera del grupo, la pizarra académica se quema. Y en ese ecosistema de lo impredecible, nadie se mueve mejor que Lionel Messi.
A sus 39 años, el ’10’ sigue destruyendo cualquier lógica del paso del tiempo. Tras la batalla ante Egipto, la prensa internacional se rindió nuevamente ante su vigencia. «Messi prolonga la era Messi», tituló el diario brasileño O Globo. Como bien citaba Eduardo Galeano, el milagro de Messi es que «aún no se cree Messi», lo que le permite conservar la alegría de un niño jugando en el barrio, inmune a las presiones del negocio.
Sudamérica resiste el recelo europeo
Con 17 sobrevivientes de la gesta de Catar en la plantilla actual, esta Argentina, aunque se nota más vulnerable en defensa que hace cuatro años, conserva el aura de los equipos que saben sufrir.
Su presencia en las instancias definitivas es también una bandera para la Conmebol, en medio del eterno debate con el fútbol del Viejo Continente. Ya lo decía Jorge Valdano al responder a las hipótesis del exarquero español Iker Casillas sobre la supremacía europea: «En Sudamérica tenemos a Di Stéfano, Pelé, Maradona, Messi y hemos dejado entrar a Johan Cruyff porque alguno había que poner de Europa, ¿no?».
A los tumbos, con el corazón en la mano y guiada por el empirismo de su técnico, la Selección Argentina sigue demostrando que, para arrebatarle la corona, habrá que tumbarla por completo.


