En un movimiento que ha dejado desconcertados a analistas internacionales, el gobierno de Donald Trump decidió este lunes «hacer la vista gorda» ante la llegada del buque tanque ruso Anatoly Kolodkin al puerto de Matanzas, Cuba. El navío, cargado con 730.000 barriles de crudo, logró atracar pese al férreo bloqueo energético que Washington ha impuesto sobre la isla, cortando suministros de aliados como Venezuela, México y Colombia.
La decisión de la Casa Blanca rompe con la agresiva política de sanciones de las últimas semanas, planteando una pregunta obligatoria: ¿Por qué permitir este respiro al régimen cubano justo ahora?
«Razones humanitarias» y el factor Trump
El propio presidente Trump justificó la medida bajo una cortina humanitaria. «Tienen que sobrevivir… si un país quiere enviar petróleo a Cuba en este momento, no tengo problema con ello», afirmó el mandatario, aunque no perdió la oportunidad de recalcar que, a su juicio, «Cuba está acabada».
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Sin embargo, detrás de la retórica de permitir que los cubanos «puedan cocinar», se esconden tres dimensiones clave que explican este movimiento:
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La operatividad diplomática: La Embajada de EE. UU. en La Habana está sufriendo los apagones y la falta de diésel. Si la crisis energética empeora, Washington tendría que evacuar a su personal, perdiendo presencia directa en un momento de negociación crítica.
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El tablero con Rusia: Trump presume de su relación con Vladimir Putin. En medio de un mercado petrolero tensionado por la guerra en Irán y el cierre del Estrecho de Ormuz, forzar un incidente con un buque ruso sancionado podría disparar los precios del crudo a niveles incontrolables para la economía estadounidense.
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Presión dirigida por Marco Rubio: El Secretario de Estado, de raíces cubanas, busca un cambio en la cúpula política de la isla. Permitir esta entrada de combustible da un respiro táctico que permite a Washington controlar el proceso de presión sin que la situación social se les escape de las manos hacia un caos absoluto.
¿Un cambio de política?
Desde la Casa Blanca, la portavoz Karoline Leavitt aseguró que no hay un cambio formal en la política de sanciones y que estos permisos se evaluarán «caso a caso». Por ahora, los 730.000 barriles servirán para generar electricidad y refinar combustible por unas semanas, pero la incertidumbre sobre si habrá nuevos envíos permanece.
Rusia, por su parte, se anota un punto diplomático al demostrar que aún puede proteger a sus viejos aliados, calificando el envío como un «acto humanitario» coordinado con sus colegas estadounidenses. Mientras tanto, el mundo observa cómo Trump utiliza el petróleo como una válvula de escape en su compleja partida de ajedrez caribeña.


