Las agresiones a periodistas y el miedo a informar volvieron a primer plano en Colombia tras el asesinato de Cristian Hernando Herrera Mariño y, semanas antes, el del comunicador Mateo Pérez Rueda. En regiones donde la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) advierte riesgos especiales, reporteros describen un escenario de amenazas, estigmatización y restricciones para cubrir conflicto, política y crimen.
Dos homicidios en un mes reactivan las alertas por la libertad de prensa
Herrera Mariño, periodista de Cúcuta (Norte de Santander), fue asesinado el 6 de junio de 2026 cuando llegaba a un almuerzo familiar. Tenía 50 años y, según el recuento citado por la FLIP, su muerte elevó a 171 la cifra de periodistas asesinados en Colombia desde 1924.
El caso ocurrió menos de un mes después del crimen de Pérez Rueda, de 25 años, asesinado el 6 de mayo en Briceño (Antioquia). El Espectador indicó que ese homicidio fue atribuido a disidencias de las Farc al mando de alias “Calarcá”.
Más allá de los homicidios, la FLIP reportó que entre el 1 de enero y el 15 de mayo de 2026 hubo 150 periodistas agredidos en Colombia. De esos hechos, 44 estuvieron relacionados directamente con el cubrimiento electoral; además, el 36% de los ataques provinieron de actores institucionales o figuras públicas y el 19% de grupos armados.
La FLIP pide prevención y ajustes en la protección
César Paredes, subdirector programático de la FLIP, señaló que hay regiones donde la preocupación es mayor por falta de garantías suficientes para el ejercicio periodístico, entre ellas Arauca, Antioquia, Guaviare, Nariño y Norte de Santander. En su declaración, afirmó que los riesgos “están por todos lados” y reiteró llamados al Gobierno para fortalecer la protección y la prevención.
Paredes cuestionó la respuesta institucional y dijo que, a juicio de la fundación, no se ha hecho lo suficiente desde la Unidad Nacional de Protección (UNP) ni desde declaraciones oficiales de entidades gubernamentales. Su énfasis estuvo en ajustar los esquemas de protección según las necesidades de cada periodista.
En la misma línea, Carlos Eduardo Huertas, director de Connectas, sostuvo que la muerte de un periodista no es solo un problema del gremio: afecta a la sociedad y golpea a la democracia. También llamó a que la ciudadanía demande justicia a las autoridades.
“Nos tocó autocensurarnos”: miedo, estigmatización y barreras para cubrir el territorio
El Espectador recogió testimonios de periodistas que trabajan en zonas complejas del país —algunos anonimizados por seguridad— y que describen cómo el riesgo se traduce en autocensura, temor a salir a la calle e incluso dificultades para informar sobre la muerte de colegas.
Desde Antioquia, un periodista relató que, fuera de la centralidad de ciudades como Medellín, el ejercicio se vuelve más difícil, en parte por el poder de estructuras delincuenciales y por episodios en los que autoridades locales desacreditan a medios cuando estos cuestionan intereses de poder. Aun así, sostuvo que lo mantiene su compromiso de “seguir contando” lo que ocurre en la región.
En Arauca, otro testimonio ubicó los riesgos en medio del conflicto: amenazas, estigmatización y temor de perder la vida mientras informa sobre agresiones contra la población civil y la confrontación armada que, según describió, se mantiene desde 2022 entre disidencias de las Farc y el Eln.
Desde Cauca, una periodista describió restricciones de movilidad y obstáculos para ingresar a territorios con presencia de actores armados, en especial disidencias de “Iván Mordisco”. En Bogotá, un corresponsal apuntó al impacto de redes sociales en la estigmatización y a riesgos asociados a economías ilícitas, que en ocasiones llevan a periodistas a evitar ciertas zonas o reforzar medidas de seguridad.
El reto inmediato: informar sin perder la vida
Con los asesinatos de Herrera Mariño y Pérez Rueda como telón de fondo, los testimonios reunidos en el reportaje coinciden en una idea: el periodismo sigue siendo una herramienta para que la sociedad conozca, contraste y decida, pero en varias regiones se ejerce bajo presiones que empujan a “Nos tocó autocensurarnos”.














